Roma gobernó en latín y pensó en griego. El griego como la lengua intenacional

Marco Aurelio escribió su diario íntimo en griego.

Las Meditaciones son lo más privado que dejó el emperador que gobernó Roma entre 161 y 180: anotaciones nocturnas, redactadas en campaña, sin destinatario ni intención de publicarse. El hombre que mandaba sobre el mundo conocido pensaba para adentro en la lengua de Atenas, y a nadie de su entorno le habría llamado la atención.

El Imperio Romano funcionó durante siglos con dos lenguas de peso equivalente, y con decenas más viviendo debajo de ellas. La historia de cómo se llegó a eso empieza tres siglos antes de que Roma tuviera un imperio.

La lengua que dejó Alejandro

Alejandro Magno avanzó hacia el este: Anatolia, Siria, Fenicia, Egipto, Mesopotamia, Persia, hasta el valle del Indo. Detrás del ejército viajó una lengua.

No era el griego literario de los clásicos, sino el koiné, palabra que significa justamente "común": una versión simplificada del dialecto de Atenas, limada de las asperezas que separaban a una ciudad griega de otra. Resultó práctica. En dos generaciones se volvió la lengua franca del comercio, la administración y la cultura desde el Adriático hasta Afganistán, el idioma en el que uno cerraba un negocio, litigaba, estudiaba y escribía si quería que lo leyeran más allá de su comarca.

Alejandro murió en 323 a.C., a los 32 años, sin heredero viable. Sus generales se repartieron el territorio y pasaron cuatro décadas destrozándose entre ellos. De esas guerras salieron los tres grandes reinos helenísticos: los Antigónidas en Macedonia, los Seléucidas en Asia, los Ptolomeos en Egipto. Fronteras nuevas, dinastías nuevas, guerras constantes. Todos gobernaban en griego.

Roma llega, y llega tarde

Mientras el mundo helenístico se desangraba consigo mismo, Roma miraba hacia otro lado. Su rival era Cartago, la potencia comercial fundada por navegantes fenicios en el norte de África, donde hoy está Túnez, que le disputaba palmo a palmo el Mediterráneo occidental. Las tres guerras púnicas —la segunda es la de Aníbal y los elefantes cruzando los Alpes— se comieron el siglo III entero y terminaron con Cartago arrasada en 146 a.C.

Recién entonces empezó el avance sistemático hacia el este, y fue lento. Macedonia se volvió provincia romana en 148 a.C. El reino de Pérgamo, en el occidente de la actual Turquía, pasó a manos romanas en 133 a.C. porque su último rey lo dejó en herencia testamentaria. Pompeyo liquidó a los Seléucidas en 63 a.C. Egipto resistió hasta 30 a.C. Entre la muerte de Alejandro y la anexión del último reino helenístico pasaron casi tres siglos.

Cuando llegó, Roma montó su autoridad sobre administraciones que ya funcionaban en griego y las dejó funcionando así. Los gobernadores de Asia y de Siria despachaban en griego, los tribunales locales sesionaban en griego, los censos y los impuestos se registraban en griego. Un campesino de Anatolia podía vivir tres generaciones bajo dominio romano y escuchar latín solamente cuando pasaba la tropa.

La línea que partía el imperio

La división quedó nítida, y los historiadores la llaman línea de Jireček, por el erudito checo que la trazó a comienzos del siglo XX. Al este quedaron Grecia, Anatolia, Siria, Egipto y Cirenaica —el actual este de Libia—, en griego. Al oeste, Italia, la Galia, Hispania, Britania, África y la mitad occidental de los Balcanes, en latín. Entre ambas corría una franja de mezcla que atravesaba los Balcanes de norte a sur.

En la mitad occidental el latín era la lengua de la calle: la del mercado, el cuartel y la taberna, hablada por millones de personas que jamás vieron un documento oficial. De sus deformaciones regionales salieron con los siglos el español, el portugués, el francés, el italiano, el catalán y el rumano.

Del otro lado de la línea, el griego hacía todo lo demás. Los papiros que se conservan en la arena de Egipto —contratos de alquiler, recibos de impuestos, testamentos, denuncias por robo de una cabra, cartas de un hijo pidiéndole plata al padre— están escritos en griego durante siglos de dominio romano. Los consejos de las ciudades deliberaban en griego. Las inscripciones que honraban al emperador se tallaban en griego. Los gobernadores publicaban sus edictos en griego, y la correspondencia imperial con las ciudades orientales salía muchas veces directamente en esa lengua. El mundo culto entero pensaba en griego: Galeno, el médico personal de Marco Aurelio, nacido en Pérgamo, escribió en griego toda la obra que iba a gobernar la medicina europea durante mil quinientos años. Hasta los ciudadanos romanos instalados en Oriente mandaban a grabar sus lápidas en griego.

El latín llegaba hasta ahí en forma de tres cosas concretas: el ejército, que daba las órdenes y tomaba juramento en latín; las colonias de veteranos, islas latinas en territorio griego como Berito, la actual Beirut; y los actos jurídicos formales, donde la lengua del derecho romano seguía siendo el latín. Fuera de esos tres ámbitos, un habitante de Antioquía o de Éfeso podía pasarse la vida sin necesitarlo.

En Roma, en cambio, la lengua era una cuestión de identidad y se hacía notar. El Senado exigía que los embajadores extranjeros se dirigieran a él en latín, con intérpretes de por medio, aunque medio Senado entendiera el griego a la perfección. Casio Dión cuenta que el emperador Claudio le quitó la ciudadanía a un hombre por ignorar el idioma. El detalle sabroso es que Dión era senador romano y escribió su historia de Roma en griego.

Las lenguas de la casa

Debajo de las dos lenguas grandes seguía viviendo el resto. Arameo en Siria y Judea. Egipcio en todo el valle del Nilo, el mismo que más tarde se escribiría en alfabeto griego y se llamaría copto. Púnico, la lengua de los cartagineses, todavía audible en el norte de África en el siglo IV, cuando Agustín de Hipona lo menciona entre sus fieles. Galo en el campo de la Galia durante siglos después de César. Bereber, tracio, ilirio, celtíbero. El imperio era una torta de capas: una lengua para el poder, otra para el mundo culto, y la de la casa.

Judea funciona como muestra concentrada. En la Galilea del siglo I se hablaba arameo. El hebreo quedaba para la sinagoga y la erudición. El griego se oía en el comercio y en las ciudades, y era moneda corriente en Séforis, la capital administrativa de la región, a una hora a pie de Nazaret. El latín asomaba por la guarnición. Cuatro lenguas superpuestas en un territorio del tamaño de una provincia chica.

Por qué el Nuevo Testamento está en griego

Los evangelios se escribieron décadas más tarde y para otro público: comunidades urbanas dispersas entre Éfeso, Corinto, Antioquía, Tesalónica y Roma. El griego era lo único que todas esas ciudades tenían en común.

Existía además un precedente. Desde el siglo III a.C. circulaba la Septuaginta, la traducción al griego de la Biblia hebrea hecha en Alejandría para los judíos que ya leían con más soltura en griego que en hebreo. Cuando los primeros cristianos citan las Escrituras, muchas veces están citando esa versión.

En la capital del imperio ocurrió algo parecido. La iglesia de Roma fue griega durante casi trescientos años: Pablo les escribe a los romanos en griego, las inscripciones más antiguas de las catacumbas están en griego, la liturgia se celebró en griego hasta bien entrado el siglo III. El latín se impuso hacia fines del siglo IV, cuando el papa Dámaso le encargó a Jerónimo la traducción que sería la Vulgata, la Biblia latina que la Iglesia usaría durante los mil años siguientes.

Egipto y los límites del griego

Alejandría fue una de las grandes capitales culturales de la Antigüedad, con su Biblioteca y su Museo llenos de matemáticos, gramáticos y astrónomos financiados por la corona. La corte de los Ptolomeos funcionaba enteramente en griego. Ptolomeo, general y amigo de Alejandro, se había quedado con la provincia y fundó una dinastía que duró casi tres siglos, hasta Cleopatra.

El pueblo egipcio, mientras tanto, siguió hablando egipcio. Plutarco, el biógrafo griego que escribió sobre ella un siglo y medio después, elogia la facilidad de Cleopatra para los idiomas y anota, casi al pasar, que fue la primera de su familia en aprender la lengua del país que gobernaba. Sus antecesores se habían manejado en griego durante trescientos años: una élite flotando sobre otra cultura.

Un imperio que no tuvo que elegir

El latín fue la lengua del poder, del ejército, del derecho y de la vida diaria de todo el occidente. El griego fue la lengua del pensamiento, del comercio, de la administración oriental y de las primeras comunidades cristianas. Las dos convivieron durante siglos, y debajo de ambas siguieron vivas las lenguas de siempre.

Roma nunca tuvo que decidirse. Vivió en las dos con la mayor naturalidad, hasta el punto de que su emperador más filósofo terminó hablando consigo mismo en griego.

FUENTES

Fuentes antiguas

  • Marco Aurelio, Meditaciones (escritas en griego, c. 170–180).
  • Casio Dión, Historia romana, libro LX (episodio de Claudio y la ciudadanía).
  • Plutarco, Vida de Antonio, 27 (Cleopatra y los idiomas).
  • Agustín de Hipona, Epístolas y Sermones (menciones al púnico entre sus fieles).

Bibliografía moderna

  • J. N. Adams, Bilingualism and the Latin Language, Cambridge University Press, 2003. La obra de referencia sobre convivencia latín-griego.
  • J. N. Adams, Mark Janse y Simon Swain (eds.), Bilingualism in Ancient Society: Language Contact and the Written Word, Oxford University Press, 2002.
  • Bruno Rochette, Le latin dans le monde grec, Latomus, Bruselas, 1997. Sobre los límites reales del latín en Oriente.
  • Simon Swain, Hellenism and Empire: Language, Classicism, and Power in the Greek World, AD 50–250, Oxford, 1996.
  • Fergus Millar, The Roman Near East, 31 BC – AD 337, Harvard University Press, 1993.
  • Fergus Millar, A Greek Roman Empire, University of California Press, 2006.
  • Roger S. Bagnall, Everyday Writing in the Graeco-Roman East, University of California Press, 2011, y Egypt in Late Antiquity, Princeton, 1993. Para los papiros egipcios.
  • Mark A. Chancey, Greco-Roman Culture and the Galilee of Jesus, Cambridge, 2005. Para Séforis y el mosaico lingüístico galileo.
  • Natalio Fernández Marcos, Introducción a las versiones griegas de la Biblia, CSIC, Madrid. Sobre la Septuaginta.
  • Christine Mohrmann, Études sur le latin des chrétiens, Roma. Sobre la latinización tardía de la liturgia romana.
  • Konstantin Jireček, Die Romanen in den Städten Dalmatiens während des Mittelalters, Viena, 1901–1903. El trabajo del que sale la línea que lleva su nombre.
  • Nicholas Ostler, Ad Infinitum: A Biography of Latin, HarperPress, 2007. Divulgación seria, buena puerta de entrada.

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