Once dolientes en Highgate

Que Fluya… (hasta 1880).

Al entierro de Karl Marx, en marzo de 1883, asistieron solo once personas.

Once. En el cementerio de Highgate, un cuñado, un puñado de militantes, dos amigos y Engels, que pronunció el famoso discurso donde predijo que "su nombre y su obra sobrevivirán a través de los siglos".

Para el observador imparcial de aquella tarde londinense, la predicción sonaba audaz.

Es que, el difunto había muerto pobre, enfermo, en un cuarto alquilado, con la reputación de un agitador prusiano al que la policía europea había vigilado sin demasiado entusiasmo durante décadas.

Nadie lo mandó matar. Nadie se molestó demasiado. El sistema simplemente lo dejó ser.

Y eso, visto en retrospectiva, es interesante.

Entre 1848 y 1880, las clases dominantes europeas tuvieron enemigos más urgentes que un filósofo alemán encerrado en el Museo Británico.

El nacionalismo movía ejércitos y cambiaba fronteras. El liberalismo radical amenazaba a las monarquías. Los anarquistas empezaron a poner bombas y matar reyes.

A Marx lo dejaron escribir porque nadie serio lo consideraba peligroso a corto plazo.

Todo cambió despacio, y luego de golpe.

En 1875 (ya fallecido a Marx) se fundó el SPD alemán que para 1890 resultó el partido más votado del país más industrializado de Europa continental.

En 1889 nació la Segunda Internacional y en 1912, el SPD gana el 34% del electorado.

En Alemania, Bismarck fue el primero en entender lo que venía: en 1878 promulgó las Leyes Antisocialistas —prohibición del partido, cierre de periódicos, deportación de militantes— y las complementó con seguro de enfermedad en 1883, de accidentes en 1884, de vejez en 1889. Represión y concesión, la doble llave del estadista astuto.

En Rusia, la Ojrana persiguió revolucionarios con horca y Siberia; en 1887 ahorcaron a Aleksandr Uliánov, hermano mayor de Lenin, por conspirar contra Alejandro III. Ya no era "que fluya".

La guerra abierta empieza en octubre de 1917.

La Revolución rusa transformó el problema entero. De pronto había un país gobernado por marxistas —enorme, con recursos, con ejército, con vocación explícita de expansión revolucionaria mundial.

Ya no era un alemán escribiendo filosofía, era una potencia estatal.

Entre 1918 y 1922, tropas británicas, francesas, estadounidenses, japonesas, italianas, griegas, rumanas, serbias y polacas invadieron Rusia para apoyar a los blancos. Fracasaron, pero el intento fue serio.

En Europa central se aplastaron revoluciones sucesivas: Rosa Luxemburgo asesinada en Berlín en 1919, la República Soviética de Baviera aniquilada ese mismo año, Béla Kun caído en Hungría, el biennio rosso italiano de 1919-1920 seguido, en octubre de 1922, de Mussolini.

Once años después llega Hitler, y resultaba tentador manipularlo, tanto para los comunistas como para los liberales.

Mussolini y Hitler fueron, para los liberales respuesta antimarxista, financiados por Krupp, Thyssen, IG Farben, la Confindustria italiana, con función manifiesta de destruir el movimiento obrero, y cumplieron. Sindicatos disueltos, comunistas y socialistas encarcelados o asesinados, izquierda aniquilada en Italia, Alemania, España, Portugal.

Pero el nazismo, además, propuso algo distinto, el gobierno en función de la raza. En términos analíticos, un disparate.

Comunismo y capitalismo son teorías sobre cómo organizar la producción, la propiedad y la distribución. Discuten quién controla los medios, cómo se reparte el excedente, qué rol juega el Estado.

El racismo nazi no era eso. Era una teoría sobre quién debía dominar a quién por sangre.

Los nazis no inventaron un modo de producción, no reorganizaron el trabajo, no colectivizaron nada: Krupp, Farben y Siemens siguieron siendo capitalistas privadas y hasta ampliaron sus márgenes con el rearme.

Lo único que hicieron los nazis fue redefinir quién tenía derecho a beneficiarse del sistema existente en Alemania, los arios sí, los demás no o menos y montar sobre eso una economía predatoria que necesitaba conquista continua para sostenerse: rearme desde 1933, saqueo de territorios ocupados desde 1938, trabajo esclavo en la industria bélica. Un modelo que solo funciona en modo guerra. En cuanto la conquista se detuvo —Stalingrado, invierno de 1942-43—, el sistema empezó a colapsar.

Hitler murió en un búnker y no dejó nada. Ni escuela, ni tradición. Solo ruinas y algunos pamfletos populistas berretas, como Mein Kampf.

A los banqueros internacionales, Hitler, a quien dejaron que fluya, para debilitar el comunismo, le terminó saliendo caro.

Terminada la guerra, la contención del comunismo por parte del capital anglosajón, siguió siendo un foco, aun mayor.

La Guerra Fría duró cuatro décadas: guerras en Corea, Vietnam, Angola, Mozambique, Nicaragua, El Salvador, Afganistán. Golpes en Irán (1953), Guatemala (1954), Congo (1961), Brasil (1964), Indonesia (1965, entre medio millón y un millón de comunistas asesinados en pocos meses), Grecia (1967), Chile (1973), Argentina (1976). Ningún otro movimiento político del siglo XX generó una contramovilización tan sostenida ni tan letal.

En 1991 cayó la URSS y volvió una actitud de “que fluya” parecida a la de 1848.

Es un espectro cuasi domesticado. Se lee más a Marx hoy en las universidades occidentales que en 1917, pero políticamente pesa infinitamente menos.

Podés enseñar a Marx en Harvard, hacer festivales en Tréveris, imprimir su cara en tazas y remeras.

De todo esto se desprende una ley incómoda, sobre los intelectuales críticos y los movimientos ideológicos.

La tolerancia del sistema es directamente proporcional al peso en acción concreto de la ideología política.

Cuando las ideas están desconectadas de fuerza social, se las deja circular y se las incorpora al mercado cultural.

En cuanto empiezan a articularse con movimiento real, aparecen los Freikorps, la Ojrana, la Gestapo, la CIA, la Triple A, los escuadrones de la muerte.

Las ideas políticas, hasta tanto no conllevan acción, simplemente fluyen.

Eric Hobsbawm, La era del capital, 1848-1875 y La era del imperio, 1875-1914\ François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX\ Ian Kershaw, Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949\ Vincent Bevins, El método Yakarta

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