El fixing del oro. Noventa y seis años fijando el precio del oro en una habitación de Londres

Durante casi un siglo, el precio del oro del planeta se decidió en una habitación de Londres con cinco hombres, cinco teléfonos y cinco banderitas de escritorio.

Empezó en 1919 como una solución de posguerra y terminó en 2015, con multas millonarias y un escándalo de manipulación.

En el medio, ese ritual fijó la referencia que usaron bancos centrales, refinerías, joyeros, mineras y gobiernos de todo el mundo.

La historia de cómo se llegó a semejante mecanismo, y de cómo terminó, dice bastante sobre cómo se construyen y se rompen los sistemas de confianza en las finanzas globales.

El vacío de precio

Hasta 1914, el oro no tenía precio en el sentido moderno.

Bajo el patrón oro clásico, cada moneda era literalmente una cantidad determinada de metal.

Una libra esterlina equivalía a 7,32 gramos de oro fino; un dólar estadounidense, a 1,50; un franco francés, a 0,29.

Cambiar libras por dólares o comprar oro con francos eran operaciones aritméticas, no cotizaciones de mercado. El oro no fluctuaba porque el oro era la unidad de medida. O sea, no había la “presión de ordenes de compra (traiding)” con la que se mueven las bolsas de valores actuales.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, ese sistema fijo, aritmético se rompió.

Los países beligerantes suspendieron la convertibilidad casi de inmediato, para poder emitir moneda sin restricciones y financiar la guerra. Las monedas empezaron a moverse entre sí. Y por primera vez en décadas, el oro necesitaba un precio.

El problema no era menor. El comercio internacional seguía funcionando, las mineras sudafricanas seguían produciendo, las refinerías seguían operando, y todos necesitaban saber cuánto valía una onza.

Existía un antecedente. Antes de la guerra, cuatro corredores de lingotes londinenses —Mocatta & Goldsmid, Pixley & Abell, Sharps & Wilkins y Samuel Montagu— se juntaban de manera informal para establecer un precio único que despejara el mercado.

La guerra interrumpió esas reuniones. Lo que vino después no fue un invento sino una restauración, pero con un cambio decisivo en quién mandaba.

La reunión de las cinco casas

El 12 de septiembre de 1919, el Banco de Inglaterra acordó con N. M. Rothschild & Sons la formación de un mercado libre de oro y el establecimiento de un precio diario.

La iniciativa no salió del mercado sino que salió del banco central, que buscaba reconstruir a Londres como centro financiero internacional después de la guerra.

La primera subasta se realizó a las once de la mañana y el precio quedó en 4 libras, 18 chelines y 9 peniques, fijado por los cinco miembros fundadores: N. M. Rothschild & Sons como presidente, Mocatta & Goldsmid, Pixley & Abell, Samuel Montagu & Co. y Sharps Wilkins.

Los primeros días las posturas se hicieron por teléfono; después se decidió celebrar una reunión formal diaria en New Court, la oficina londinense de Rothschild.

Acá conviene desarmar un mito. La presidencia de Rothschild fue porque aquel era el agente principal de las mineras sudafricanas, y por eso, el Banco de Inglaterra lo invitó a presidir. Rothschild no era el mayor operador de la mesa, sino el que traía la oferta.

Las otras cuatro sí eran casas del oficio, algunas con siglos encima. Mocatta & Goldsmid, la más antigua, se remonta a 1671, cuando Moses Mocatta abrió en Camomile Street un negocio de oro, plata y diamantes. El nombre con el que llegó a 1919 data de 1783, cuando Asher Goldsmid entró en la firma.

El mecanismo era ingenioso por lo simple. El presidente proponía un precio de apertura. Cada representante llamaba por teléfono a su firma, transmitía el precio y preguntaba a sus clientes cuánto comprarían o venderían a ese valor. Después informaba a la mesa la posición neta de su casa: tantas barras para comprar, tantas para vender.

Si la oferta y la demanda coincidían, el precio se fijaba. Si no, el presidente proponía otro, más alto si había más compradores que vendedores, más bajo en el caso contrario. Y así, tantas veces como hiciera falta, hasta que las cifras cuadraran.

Lo distintivo era la banderita. En la Gold Fix Room de New Court, cada representante tenía sobre su escritorio una bandera británica en miniatura.

Mientras las negociaciones seguían en curso, el representante la mantenía en alto para indicar que no estaba listo para cerrar. Solo cuando todas las banderas estaban bajas sobre la mesa y las cuentas cuadraban, el presidente podía declarar el fix.

De ahí el nombre: el fixing del oro. El precio fijo, congelado por consenso.

La era Rothschild

El ritual no fue continuo. El mercado del oro de Londres cerró en septiembre de 1939 y no reabrió hasta 1954:quince años de guerra y posguerra en los que el fixing simplemente no existió.

Tampoco fue siempre de a cinco. En 1926 se sumó Johnson Matthey, y la composición fue mutando con las fusiones bancarias del siglo.

Y durante casi cincuenta años hubo una sola reunión diaria. La segunda, a las tres de la tarde, se agregó recién en 1968, para incorporar al mercado americano cuando abría Nueva York.

Los precios de esas reuniones eran los que usaban las mineras para calcular ingresos, los bancos centrales para valuar reservas, las refinerías para facturar y los joyeros para comprar.

En 2004 llegó el primer golpe simbólico. N. M. Rothschild & Sons abandonó su asiento después de ochenta y cinco años presidiendo. La familia consideraba que los márgenes del comercio de lingotes ya no justificaban su presencia. Su lugar lo compró Barclays Capital, presedida por el yerno de Rothschild. La reunión se mudó de New Court, y las reuniones físicas fueron reemplazadas por conferencias telefónicas. Las banderitas quedaron en la vitrina del archivo Rothschild, aunque la lógica —levantar o bajar la orden hasta que cuadrara— siguió siendo la misma.

Las grietas

Nadie prestó demasiada atención al fixing durante casi un siglo. Era un mecanismo técnico, aburrido, de una industria que la mayoría asociaba más con la joyería y las reservas soberanas que con la especulación. Pero a comienzos del siglo XXI el contexto cambió rápido.

Primero, el precio se disparó. De 252 dólares la onza en 1999 pasó a más de 1.800 en 2011, multiplicándose por siete en doce años. Cada movimiento del fixing afectaba miles de millones de dólares en posiciones abiertas.

Segundo, los mercados de derivados sobre oro crecieron de forma explosiva. Opciones, futuros y contratos exóticos referenciados al fixing multiplicaron el volumen de oro papel que dependía de esa cotización. Variaciones mínimas en el precio de referencia se traducían en ganancias o pérdidas enormes.

Tercero, y más importante, los bancos que participaban en el fixing eran los mismos que operaban esos derivados por cuenta propia. Fijaban un precio que afectaba sus propias posiciones. Había un conflicto de interés era estructural, cada participante tenía, todos los días, incentivo económico para influir en el resultado.

Durante décadas ese conflicto se manejó con una defensa cultural más que institucional. La idea de que los operadores de las casas históricas eran gente de palabra, con reputaciones construidas durante generaciones, que no arriesgaría siglos de prestigio por una ganancia de corto plazo. En los años dos mil ya no alcanzaba.

El caso Barclays

El escándalo que rompió todo estalló el 28 de junio de 2012, y fue chico en el gran esquema de las cosas. Pero expuso el problema estructural.

Daniel James Plunkett era director de la mesa de metales preciosos de Barclays. Estaba a cargo de valuar y gestionar el riesgo del banco sobre una opción exótica digital referenciada al precio del oro en el fixing de las tres de la tarde de ese día. Si el precio quedaba por encima de 1.558,96 dólares, Barclays debía pagarle a su cliente; si quedaba por debajo, no pagaba nada.

Durante esa subasta, Plunkett colocó órdenes con la intención de aumentar la probabilidad de que el precio se fijara por debajo del umbral, cosa que finalmente ocurrió. Barclays se ahorró el pago de 3,9 millones de dólares y el libro de Plunkett ganó 1,75 millones adicionales.

Lo que siguió fue peor que la maniobra. El cliente advirtió enseguida que el precio había cerrado apenas por debajo del umbral y pidió explicaciones. Cuando Barclays le trasladó el reclamo a Plunkett, el 28 y el 29 de junio, este no reveló que había operado durante el fixing, y dio tanto al banco como al regulador una versión falsa de los hechos.

El lunes siguiente, 2 de julio, se presentó ante su superior y admitió lo que había hecho. Fue despedido, y el cliente recibió su compensación.

El detalle que le dio notoriedad al caso fue la fecha. La manipulación ocurrió un día después de que los reguladores británicos y estadounidenses multaran a Barclays con 450 millones de dólares por intentar manipular la Libor, el índice de referencia de los préstamos interbancarios que afecta billones de dólares en contratos alrededor del mundo.

Como señaló Tracey McDermott, directora de cumplimiento de la FCA, la investigación de ese caso implicaba que tanto la firma como Plunkett estaban claramente advertidos del potencial de conflictos de interés en torno a los índices de referencia.

La investigación reveló además que no era un episodio aislado. La FCA identificó fallas en Barclays desde 2004 hasta 2013, nueve años de deficiencias en el manejo de conflictos de interés.

La sanción llegó en mayo de 2014: 26 millones de libras para Barclays, 95.600 libras de multa personal para Plunkett y su inhabilitación para ejercer cualquier actividad regulada. Fue el primer banco multado por manipular el fixing del oro en los noventa y cinco años de historia del mecanismo.

Sin juez ni jurado

Un detalle importante: nada de esto pasó por un tribunal. La sanción fue enteramente administrativa, impuesta por la FCA en ejercicio de su propia potestad regulatoria. No hubo juicio, ni fiscal, ni condena penal. Plunkett no fue a la cárcel: quedó multado e inhabilitado, y punto.

Es el patrón habitual en la regulación financiera británica. Los reguladores llegan a acuerdos con los bancos, que suelen aceptar las multas con un descuento por cooperar y sin admitir responsabilidad penal. Si la firma discute la sanción puede apelar ante un tribunal administrativo especializado, pero en la práctica rara vez ocurre.

Las causas penales, cuando aparecen, suelen venir de Estados Unidos y por otras vías. En el caso paralelo de JPMorgan, la mesa de metales preciosos del banco enfrentó procesos penales federales por manipulación del mercado de futuros de oro y plata, con condenas ante jurado. Pero esa es otra historia, en otra jurisdicción, con otra lógica.

Los problemas continuaron saliendo a la luz

El caso Barclays fue el más ruidoso pero no el único.

Entre 2013 y 2014 se multiplicaron las investigaciones sobre presunta manipulación del fixing, y aparecieron demandas colectivas en Estados Unidos por parte de fondos que alegaban pérdidas por manipulación sistemática del precio de referencia.

El sistema ya venía encogiéndose. Cuando la FCA sancionó a Barclays en 2014, el fixing ya no lo hacían cinco bancos sino cuatro, y la reunión de la mañana se había adelantado a las diez y media. Deutsche Bank anunció ese año que abandonaba su asiento. Otros siguieron. La London Bullion Market Association convocó a una consulta para reemplazar el mecanismo.

El 20 de marzo de 2015, el fixing tradicional se realizó por última vez. Al día siguiente entró en operación el LBMA Gold Price: una subasta electrónica administrada por ICE Benchmark Administration, una empresa independiente especializada en administrar índices financieros. Los participantes envían sus órdenes de forma anónima a través de una plataforma que ejecuta rondas automáticas hasta que la oferta y la demanda cuadran, con auditoría permanente y registro digital de cada movimiento.

El principio de fondo es el mismo que tenía el fixing original: un precio de referencia acordado mediante un proceso estructurado entre las grandes casas del mercado. Lo que cambió es la arquitectura. Reuniones telefónicas privadas reemplazadas por subastas auditadas. Un puñado de participantes reemplazado por varias veces esa cantidad. Conflicto de interés no eliminado, pero mucho más difícil de explotar sin dejar rastro.

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