Milei no es Hitler. Y aun así..... la conexión con el populismo

La analogía con el nazismo desactiva la crítica al proyecto libertario argentino.

Pero hay algo en su forma que conviene mirar aparte de su contenido: los rituales que naturaliza y el terreno que deja preparado para lo que venga después.

Milei no es Hitler. Conviene decirlo antes que nada, porque el resto del análisis no funciona si no queda claro.

En el proyecto libertario argentino no hay racismo biológico ni Lebensraum, no hay antisemitismo —al contrario, hay filosemitismo declarado y una relación intensa con Israel—.

No hay economía autárquica ni saqueo racial. Hay libertarianismo austríaco, viajes a Davos, aplausos a los CEOs de Wall Street, alineación explícita con el orden financiero anglosajón que Hitler quería destruir.

No hay milicias armadas, no hay Ley de Habilitación, no hay proscripción de opositores.

Milei llegó al poder por elecciones limpias y, hasta ahora, opera dentro del marco constitucional aunque lo tensione.

Si el fascismo se define por su núcleo racial-imperial, Milei no lo es. Cerremos ese punto.

Y sin embargo la comparación con Hitler vuelve. Aparece en columnas serias y en discusiones de mesa, en artículos internacionales y en videos virales.

No es solo mala fe ni oportunismo retórico: hay algo que la sostiene. Descartarla en bloque es tan flojo como aceptarla en bloque. Vale la pena preguntarse qué es lo que insiste.

La respuesta más útil que ofrece la ciencia política contemporánea pasa por una distinción vieja: forma y fondo. Robert Paxton, Roger Griffin, Federico Finchelstein insisten desde hace años en que el fascismo se reconoce mejor por sus prácticas que por sus doctrinas.

Doctrinariamente los fascistas históricos fueron confusos y contradictorios; Mussolini pasó del socialismo al nacionalismo, del corporativismo al racismo tardío, según le convenía. Lo que se mantuvo constante fue el estilo político: culto al líder, movilización emocional de masas, retórica de crisis civilizatoria, enemigo interno identificable, desprecio por la deliberación racional, presente como campo de batalla.

Con ese marco, en el fondo Milei y Hitler son opuestos casi punto por punto.

Proglobalización versus autarquía.

Filosemitismo versus antisemitismo.

Alineación con Occidente versus destrucción del orden occidental. Individualismo económico versus economía dirigida al rearme. Hayek, Mises, Rothbard versus Gobineau, Chamberlain, Rosenberg: familias intelectuales sin ningún parentesco.

En la forma, en cambio, los ecos son claros.

—Milei plantea una decadencia terminal causada por un enemigo identificable —la casta, el socialismo, los zurdos de mierda—; Hitler ofrecía una estructura retórica equivalente con otros nombres.

—Milei se presenta como outsider enviado por una fuerza superior —las fuerzas del cielo—; Hitler apelaba a la Providencia.

—Milei desprecia al Congreso, a la prensa crítica, a las universidades públicas, a los intelectuales; Hitler despreciaba lo mismo con otras palabras.

—Milei entiende TikTok y Twitter como Hitler y Goebbels entendieron la radio y el cine: comunicación directa que salta el filtro de la prensa tradicional.

—Milei idealiza una Argentina de 1880-1916 supuestamente destruida por el enemigo; Hitler idealizaba un Reich mítico premoderno.

—Milei tolera la agresión simbólica contra opositores, periodistas, minorías; Hitler también, aunque en escalas incomparables.

Es un repertorio formal, no un contenido. Y ese repertorio no es privativo del nazismo: es un recurso técnico disponible en la política moderna desde hace un siglo, con el que se han construido proyectos ideológicos de todo signo. Chávez usó varios de sus elementos con contenido de izquierda. Perón los usó con contenido nacional-popular. Los militares argentinos los usaron con contenido reaccionario. Hoy los usan Trump, Bolsonaro, Orbán, Meloni, Le Pen, Modi, Erdogan, cada uno con su fondo particular. Milei está en esa familia, y dentro de la familia está más cerca de Trump que de Hitler: outsider mediático, retórica anti-elite, alianza con el capital financiero, tensión con instituciones democráticas sin destruirlas, base electoral compuesta de clases medias resentidas y trabajadores desilusionados.

La comparación productiva es esa. La comparación con Hitler, cuando se agita a la ligera, tiene el efecto paradójico de desactivar la crítica seria: el interlocutor descarta el argumento porque la analogía es evidentemente exagerada, y se pierde la oportunidad de discutir los problemas reales del proyecto libertario en sus propios términos.

Hay, sin embargo, un lugar donde el eco formal se vuelve inquietante más allá del análisis frío. El grito.

"Heil Hitler" y "¡Viva la libertad, carajo!" no son declaraciones de contenido. Son rituales de pertenencia. Cumplen la misma función técnica: marcar tribu, sincronizar emociones, reducir la política a energía pura. Miles de personas gritando lo mismo al mismo tiempo generan una experiencia colectiva de fusión con el grupo que es tan vieja como las iglesias, los ejércitos y las hinchadas de fútbol. Los movimientos políticos que quieren movilizar masas la importan sin disimulo. "Libertad" en el grito ya no es un concepto discutible con contenido específico —libertad económica, política, individual, colectiva, para qué, respecto de qué— sino un significante flotante que carga toda la emoción del movimiento. Con "Heil" pasaba lo mismo: la palabra no significa nada por sí; es el gesto, el volumen, la sincronía lo que importa.

El "carajo" es la firma estilística argentina. Hitler no lo necesitaba porque el alemán del período nazi ya cargaba toda la energía marcial en el gesto del brazo extendido. Milei sí lo necesita: el español rioplatense contemporáneo requiere ese refuerzo para transmitir la misma disrupción. Es el equivalente funcional del saludo con brazo, sin brazo.

Las diferencias siguen ahí y no son menores. "Heil Hitler" pone el nombre del líder en el ritual: es adoración personalizada. "Viva la libertad" pone un principio abstracto. Formalmente el ritual libertario apunta a la idea, no al hombre —aunque en la práctica sepamos quién es el vehículo—. El saludo nazi era legalmente obligatorio en Alemania después de 1933; negarse tenía consecuencias penales. El grito libertario no obliga a nadie. Podés no gritarlo y seguir andando por la calle. Es una diferencia enorme, no cosmética.

Pero la forma no es neutra. Aunque el contenido sea distinto —o incluso opuesto—, un aparato de campaña construido sobre estos elementos genera dinámicas propias. Polarización que dificulta cualquier acuerdo futuro. Erosión de las normas informales que sostienen la democracia: el respeto al adversario, la aceptación de la derrota, la tolerancia a la crítica. Debilitamiento de los contrapesos institucionales. Habituación de la sociedad a la violencia simbólica. Estos efectos ocurren independientemente del contenido ideológico. Un populismo de derecha liberal puede erosionar la democracia tanto como uno racial-imperial, aunque no proponga campos de concentración.

La Argentina ya conoce el patrón. "¡Perón o muerte!", "¡La vida por Perón!", los cánticos ritualizados, la agresión al opositor como norma, los actos multitudinarios con emoción sincronizada. El peronismo original tuvo todo eso, con contenido ideológico completamente distinto al de Milei. Y los militares tuvieron sus propios rituales —"Dios, patria, hogar"—, con otro contenido más. El repertorio formal populista-autoritario es un recurso técnico compartido; distintos proyectos lo han usado con doctrinas opuestas. Lo constante es la mecánica: transformar la política en experiencia colectiva ritualizada, donde el pensamiento crítico individual se disuelve en la emoción del grupo.

Muchos observadores dijeron en 1932 que Hitler era "solo retórica", que "el poder lo moderaría", que "las instituciones alemanas eran fuertes". Se equivocaron. No porque Hitler fuera imparable, sino porque el aparato formal que había construido durante años tenía, una vez en el poder, dinámica propia. Devoró las instituciones más rápido de lo que nadie preveía. Argentina no es Weimar y Milei no es Hitler —el paralelismo estructural es débil: no hay guerra perdida, no hay reparaciones aplastantes, no hay milicias armadas listas para tomar las calles—, pero sí conviene tomar en serio la dimensión formal del proyecto sin descartarla como "solo modales". La forma política construye hábitos, y los hábitos moldean lo que después es políticamente posible. Una sociedad acostumbrada a la deshumanización del adversario será más tolerante con violencias mayores cuando lleguen. No es determinismo. Es tendencia.

La crítica más eficaz a Milei, en términos concretos, no viene de compararlo con Hitler. Viene de evaluar sus propias promesas contra sus propios resultados: si baja la inflación, si mejora el poder adquisitivo, si genera empleo, si sus reformas son sostenibles, si respeta las reglas del juego democrático. Esa es la conversación que puede convencer a un votante en disputa. La comparación con Hitler solo convence a quienes ya están convencidos, y aleja a todos los demás.

Hay, sin embargo, una crítica adicional, más difícil de medir, que no depende de esa evaluación y que probablemente sea la más seria desde una perspectiva democrática liberal. No es que Milei sea nazi. Es que su proyecto está gastando reservas culturales democráticas que costaron mucho acumular, y que el próximo proyecto autoritario —sea del signo que sea— va a encontrar el terreno mejor preparado gracias a los rituales que se están naturalizando ahora.

Es un costo invisible en el corto plazo, difícil de contabilizar en una nota de opinión. Pero la historia comparada sugiere que es real y persistente. Lo que se normaliza tarda mucho en volver a ser anormal. Y rara vez lo pagan quienes lo generan: lo pagan las generaciones siguientes, que heredan una política más brutalizada de lo que la recibieron. Ahí, no en la analogía con Hitler, está el precio que la comparación fácil no permite ver.

Fuentes:

Robert O. Paxton, Anatomía del fascismo (Península, 2005; original: The Anatomy of Fascism, Knopf, 2004)\ Roger Griffin, The Nature of Fascism (Pinter, 1991)\ Federico Finchelstein, Del fascismo al populismo en la historia (Taurus, 2019)\ Cas Mudde, "The Populist Zeitgeist", Government and Opposition, 39:4 (2004).\ Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, Populismo. Una breve introducción (Alianza, 2019; original: Oxford, 2017)\ Arthur de Gobineau, Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855)\ Pablo Semán (comp.), Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir? (Siglo XXI, 2023)

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