La Masonería explicada desde cero

La Masonería explicada desde cero

Qué es, cómo se entra, cómo se sube de grado y qué se hace adentro

Casi todo lo que circula sobre la masonería es mito. Lo que sigue es lo contrario: una guía sencilla de cómo funciona de verdad en la Argentina, paso por paso, con lo que está comprobado y lo que no.

PRIMERO, QUÉ ES

La masonería es una asociación civil. Tiene estatuto, sede, cuotas y autoridades electas, como un club. Sus miembros se reúnen en grupos llamados “logias” para hacer ceremonias, escuchar charlas y discutir temas de ética y filosofía. Es solo para hombres (hay masonerías femeninas y mixtas, pero son organizaciones aparte).

Se define a sí misma como una escuela de formación moral. No es una religión, aunque pide creer en algo superior, y no es un partido, aunque históricamente tuvo mucho peso político. La forma más fácil de entenderla: un club filosófico con ritual, que lleva 300 años funcionando.

SON DOS ORGANIZACIONES, NO UNA

Este es el punto que más confunde. En la Argentina la masonería está dividida en dos entidades distintas, que comparten edificio pero no mandos.

La Gran Logia de la Argentina es la principal. Fundada en 1857, tiene su sede en el Palacio Cangallo, en la calle Perón 1242, en Buenos Aires. Agrupa a más de 300 logias y unos 12.000 miembros. Es la única que recibe gente nueva, la única que puede sancionar o expulsar, y la que manda sobre todos los masones. Su presidente se llama Gran Maestre y se elige por votación.

Solo maneja tres grados: Aprendiz, Compañero y Maestro. Eso es la masonería propiamente dicha. El 90 por ciento de la vida masónica pasa ahí.

El Supremo Consejo del Grado 33 es la otra. Fundado en 1858, funciona en el mismo edificio pero es independiente. Maneja los grados 4 al 33, que se llaman “altos grados”. No puede recibir gente de afuera: solo entran los que ya son Maestros en la Gran Logia. Y entrar es optativo. Un masón puede ser Maestro toda la vida y nunca pasar al Supremo Consejo; de hecho, la mayoría no pasa.

Un ejemplo para fijarlo: el Gran Maestre, que es el jefe de todos los masones del país, puede ser grado 3. Y un grado 33 no tiene ninguna autoridad sobre él. Son dos escaleras paralelas.

CÓMO SE ENTRA

Nadie es invitado a la masonería. El interesado tiene que pedirlo, hoy incluso por un formulario en la web de la Gran Logia. A quien no es masón se lo llama “profano”, que suena mal pero solo quiere decir “el que está afuera del templo”. No es un insulto ni una condena.

Después del pedido, la logia investiga al candidato (entrevistas, averiguación de antecedentes), lo vota en secreto, y si lo acepta lo inicia en una ceremonia. Desde ese momento es Aprendiz, grado 1.

LOS TRES PRIMEROS GRADOS

Grado 1, Aprendiz.

No habla en las reuniones. Escucha, observa y aprende el abecé de los símbolos: las herramientas del albañil usadas como metáforas de la conducta.

La “piedra bruta” que hay que pulir es uno mismo. Dura alrededor de un año.

Grado 2, Compañero.

Ya puede hablar. Estudia las ciencias, las artes, el razonamiento. Dura otro año aproximadamente.

Grado 3, Maestro.

Es el grado más importante. Su ceremonia cuenta la leyenda de Hiram, el arquitecto del templo de Salomón, asesinado por tres compañeros que querían arrancarle los secretos del oficio. El candidato “vive” esa historia en la ceremonia. Desde este grado puede votar, ocupar cargos y fundar logias.

Para subir a este grado hay que cumplir un tiempo mínimo, asistir a las reuniones y presentar trabajos escritos, llamados “planchas”. Llegar a Maestro lleva entre dos y tres años. Y con eso termina la masonería básica. Todos los Maestros son iguales entre sí.

LOS ALTOS GRADOS: UNA ESCALERA OPCIONAL DE 30 PELDAÑOS

El Maestro que quiere seguir pasa al Supremo Consejo, (la segunda institución que mencionamos), que organiza los grados 4 al 33 en cuatro “cámaras”, una después de otra. Cada cámara es un grupo distinto, con sus propias reuniones, autoridades y cuota.

Antes de recorrerlas, dos cosas que hay que saber.

Primera:

No se hacen una seremonia por grado osea (30 ceremonias), sino que hay grados “de parada”, que se dan con ceremonia completa (templo decorado, personajes, una historia que se actúa, un juramento), y grados que se dan “por comunicación”, es decir, alguien te explica de qué trata el grado, te enseña sus señas y listo, a veces varios en una tarde.

Los grados “de parada” (o sea con ceremonia) son más o menos el 4, el 9, el 14, el 18, el 30, el 31, el 32 y el 33. Los demás se estudian leyendo y se pasan “por comunicación”.

Segunda:

Cada “tramo” (cámara) tiene un tema.

La forma más simple de recordarlo es la siguiente. a)Los primeros grados hablan de uno mismo, b)Los siguientes de la justicia, c) después de la religión y el poder, d) y al final de cómo gobernar la propia institución. Ampliaremos a continuación:

Cámara 1: Logia de Perfección (grados 4 al 14)

El maestro masón (o sea, grado 3) que inicia en la Cámara1, continúa la historia del templo de Salomón después de la muerte de Hiram: hay que castigar a los culpables, reconstruir, administrar justicia. El tema de fondo es el deber personal y la justicia entre individuos. El grado 4 habla del silencio y la responsabilidad; el 9, de la diferencia entre justicia y venganza; el 14 cierra la serie como síntesis del perfeccionamiento personal. Lleva varios años.

Cámara 2: Capítulo Rosa Cruz (grados 15 al 18)

Los grados 15 y 16 cuentan la reconstrucción del templo después del exilio en Babilonia. El 18, Caballero Rosa Cruz, es el grado estrella de la primera mitad del sistema: su ceremonia tiene tres salas sucesivas que representan perder algo, buscarlo y volverlo a encontrar.

Acá se queda la mayoría de los que llegan, y para siempre. Por qué: porque el 18 cierra simbólicamente la historia que empezó en el grado 3; porque el Capítulo tiene vida propia, con reuniones regulares, cargos rotativos y dos cenas anuales, así que uno puede ser miembro activo sin necesidad de subir. A a partir del grado 18 los cupos son menos y el avance ya depende de que te propongan; y porque el que entró a los 35 llega al 18 pasados los 50, con la familia, el trabajo y dos cuerpos masónicos que atender. El 18 es, en la práctica, “el grado alto normal”.

Cámara 3: Areópago (grados 19 al 30)

Areópago viene del tribunal supremo de la antigua Atenas, que se reunía en una colina llamada Areópago. Y en esta fase, el tema cambia por completo. Desaparece el templo de Salomón y aparecen los caballeros medievales, los Templarios y la idea central de este tramo: la lucha contra la tiranía, tanto de gobiernos como de religiones.

Es el tramo más político. En la Argentina del siglo XIX, de estos grados salieron las ideas de la escuela pública laica y el matrimonio civil.

Los grados 19 al 22 hablan de la relación entre el poder religioso y el poder civil.

Los 23 al 26, de la tolerancia religiosa y de que la fe es un asunto privado.

Los 27 al 29 introducen a los Templarios como modelo de honor y servicio;

El 28 es el grado más filosófico de todo el sistema.

Todos se dan por comunicación, salvo el 30, Caballero Kadosh (palabra hebrea que significa “consagrado”), que tiene la ceremonia más larga y dramática de todas: el candidato pasa por varias salas, sube una escalera simbólica de siete escalones y jura combatir el despotismo en todas sus formas.

Para entrar al Areópago te miran con lupa; cuánto fuiste a las reuniones (queda registrado), qué cargos ocupaste, qué trabajos escribiste, si ayudaste a formar a otros, quién te avala, y cómo te comportás en la vida civil. Deudas escandalosas, conflictos públicos o causas penales te cierran la puerta. Es un grupo chico, algunas decenas de personas en Buenos Aires, una o dos docenas en las provincias que tienen uno, y muchas no tienen.

El 30 es el último grado al que se llega pidiéndolo.

De acá en adelante, te eligen o no te eligen.

Cámara 4: Consistorio (grados 31 y 32)

La palabra viene del consejo que rodeaba al emperador romano, y después pasó al grupo de cardenales que rodea al Papa. Es eso: los de máxima confianza, que están al lado del poder pero todavía no lo ejercen. Son pocos y se entra por designación.

El 31 es el grado del juez. Su sala está armada como un tribunal, y lo que enseña es cómo juzgar: con imparcialidad, con equidad por encima de la letra, y juzgándose a uno mismo con el mismo rigor que a los demás. Antiguamente los 31 eran los jueces de apelación de la institución.

El 32 es el grado del repaso general. Su sala representa un campamento militar donde todos los grados anteriores se ubican como partes de un ejército, y el candidato tiene que poder explicar cómo se encadenan los 31 grados previos. El “real secreto” que da nombre al grado no es ningún misterio oculto: es la idea de equilibrio entre razón y fe, autoridad y libertad, derechos y deberes.

Cámara 5: el Supremo Consejo (grado 33 -activo y honorario-)

El 33 no es tanto un grado sino más bien una toma de posesión. La ceremonia es corta y solemne: un juramento de lealtad a las normas del sistema y la entrega de las insignias (un collar blanco y un águila de dos cabezas).

Hay dos tipos de 33. El “activo” es miembro con voto del Supremo Consejo, de por vida; hay un máximo de 33 sillas, y solo se cubre una cuando se produce una vacante. Entre ellos eligen al presidente, que se llama Soberano Gran Comendador. El “honorario” tiene el título y las insignias pero no vota: es un reconocimiento por la trayectoria, como un profesor emérito. Hay muchos más honorarios que activos.

Un 32 puede esperar una silla años, o toda la vida.

El Supremo Consejo dicta los reglamentos de los altos grados, autoriza que se abran cámaras nuevas en el país, da los grados 31 a 33, resuelve los conflictos internos y mantiene relaciones con los Supremos Consejos de otros países, que se tratan entre sí como embajadas.

CUÁNTO TARDA Y CUÁNTO CUESTA

Sumando todo: dos a tres años para ser Maestro; cuatro a ocho del grado 4 al 18; otros cuatro a ocho del 18 al 30; y del 30 para arriba, lo que tarde en llegar la invitación. Un 33 típico lleva entre 25 y 35 años de masonería. Estos tiempos son estimados: el reglamento exacto del Supremo Consejo argentino no es público.

Los grados no se compran. Se pagan cuotas, sí, pero son modestas y van al mantenimiento del edificio y a las obras sociales. Nadie cobra por los que entran debajo, y el 33 paga lo mismo que el 4. Si alguien ofrece un grado alto a cambio de dinero, o a alguien que ni siquiera es Maestro, es una estafa. Las hay, sobre todo en internet.

Dónde se reúnen las cámaras: en general, en los mismos templos que las logias comunes. En Buenos Aires, en el Palacio Cangallo; en las provincias, en el templo de cada ciudad grande, y a veces hay que viajar. No hay listados públicos con direcciones ni nombres de autoridades. No se puede entrar desde afuera.

DE DÓNDE SALIÓ TODO ESTO

La historia real es mucho más corta que la leyenda.

Entre 1390 y 1420 aparecen en Inglaterra los primeros reglamentos de los gremios de albañiles: cómo tratar al aprendiz, no robarle el trabajo a otro, juntarse una vez al año.

Eran sindicatos de la época, para constructores de iglesias y castillos. Tenían juramento de secreto (para que no se copiaran las técnicas) y contraseñas (para que un albañil que viajaba probara que era del oficio sin mostrar papeles).

Hacia 1600 dejaron de construirse catedrales y el gremio se vació de albañiles. Pero las logias siguieron existiendo, como cáscara, y empezaron a aceptar miembros que no eran del oficio: nobles, científicos, curas.

Esos “aceptados” terminaron siendo mayoría y le cambiaron el sentido: las herramientas pasaron a ser símbolos de la conducta.

En 1717 cuatro logias de Londres formaron la primera Gran Logia, y en 1723 un pastor llamado Anderson escribió las primeras Constituciones.

Quién mandaba en esa Gran Logia no es un detalle menor. Los primeros tres Grandes Maestres fueron gente común, pero desde 1721 el cargo lo ocuparon siempre nobles:

Primero el duque de Montagu, y después una seguidilla de duques, condes y, más adelante, hijos del rey.

El que armó eso fue John Theophilus Desaguliers, un científico hugonote de la Royal Society, tercer Gran Maestre y después segundo de todos los demás, que convenció a la aristocracia de prestarle sus títulos a la institución para darle prestigio. Y no era cualquier aristocracia: era la que había ganado con la Revolución de 1688 y la llegada de los Hanover al trono en 1714, es decir, el partido whig, que controlaba el gobierno, el Parlamento y la City de Londres, donde en 1694 había fundado el Banco de Inglaterra.

Los historiadores describen a la Gran Logia de esos años como una organización vinculada a la administración whig, leal a los Hanover y pensada como contrapeso de los jacobitas que querían devolver el trono a los Estuardo. El único Gran Maestre que no encajaba, el duque de Wharton, simpatizante de los Estuardo, fue desplazado en 1723 después de un año en el cargo y terminó exiliado. Desde entonces la masonería inglesa fue, y sigue siendo, una institución del establishment: hoy su Gran Maestre es el duque de Kent, primo de la reina Isabel.

En Holanda el patrón fue el mismo. La primera logia se fundó en La Haya en 1734, y al año siguiente el primer Gran Maestre fue el tesorero general del príncipe de Orange. Cuando se formó el Reino de los Países Bajos, en 1816 las logias pidieron al rey, con éxito, que su segundo hijo, el príncipe Federico, fuera su Gran Maestre; ocupó el cargo sesenta y cinco años, hasta su muerte en 1881. Lo sucedió el príncipe Alejandro, hijo menor del rey Guillermo III, hasta 1884. El rey Guillermo II también fue masón. La casa de Orange, en otras palabras, presidió la masonería holandesa durante casi todo el siglo XIX.

La masonería no nació como una conspiración contra el poder, sino bajo la protección directa de las clases dominantes de Inglaterra y Holanda, que la usaron como un club de lealtad al nuevo orden; y, a la vez, en los países católicos y absolutistas, donde ese orden era el enemigo, la misma institución funcionó como red de oposición liberal. Es la misma herramienta en manos distintas.

¿Y Salomón, Hiram, los Templarios?

Lo de Salomón ya estaba en los reglamentos de 1420, como la historia de prestigio que todo gremio en la edad media se inventaba (los zapateros tenían a San Crispín, los albañiles al templo de Salomón). Nadie creía que descendían literalmente de él. Hiram, el arquitecto asesinado, se inventó recién hacia 1725. Y los Templarios los metió un noble escocés en un discurso en París en 1737, para halagar a la aristocracia francesa.

Ese discurso disparó una moda. Durante treinta años en Francia distintas personas inventaron grados “superiores”, cada uno con su ceremonia, y cobraban por darlos. Hubo sistemas de 7, de 25, de 90 grados. En 1762 un grupo ordenó 25; un comerciante los llevó a América; y en 1801, en Charleston, Estados Unidos, sus herederos agregaron ocho más para llegar a 33 y fundaron el primer Supremo Consejo. Para darle respaldo, publicaron unas “Grandes Constituciones” que decían haber sido firmadas por el rey de Prusia en 1786. Casi con seguridad son falsas: no hay rastro en los archivos prusianos. Pero todos los Supremos Consejos del mundo las aceptan como su ley fundamental, y eso es lo que las hace válidas. Como pasa con muchas instituciones; primero se arma el sistema y después se escribe el papel que dice que siempre fue así.

¿MANDAN SOBRE ALGO?

Es la pregunta de fondo, y la respuesta es que mucho menos de lo que se cree.

Los grados son honores, no cargos.

Un 33 no puede darle órdenes a un 32, ni este a un 26. Lo único que manda son los cargos electos (el Gran Maestre, el presidente de cada logia), y mandan sobre lo interno: convocar, sancionar, administrar. Desde 1723 está prohibido discutir política y religión partidaria en las reuniones, y está prohibido usar la masonería para hacer negocios. Es, de hecho, la infracción más común.

Lo que sí existe son dos cosas.

Una, la acción institucional: la Gran Logia opina públicamente (sobre todo en temas de laicidad) y sostiene obras propias, como el Hogar Bernardino Rivadavia en Máximo Paz, que hoy tiene una escuela secundaria, un comedor, un grupo scout, un cuartel de bomberos y un club deportivo, más comedores infantiles en el país. Pero eso lo decide la institución en asamblea y lo ejecuta como una ONG. No hay un fondo del que un masón pueda sacar plata para sí, ni un sistema de subsidios como el de Rotary Club.

Dos, la red de contactos: un masón que necesita un contador, un proveedor o una recomendación se la pide a otro masón, y tiene más chances. Funciona igual que la red de un club o de una facultad. En 1880, cuando no había otra red parecida, era decisiva. Hoy compite con el club, la universidad, el partido y LinkedIn.

La idea de una cadena de mando secreta donde un grado alto coordina negocios y cargos usando a los de abajo no es lo normal que se oculta, es la excepción, y más de una vez terminó mal. El caso más famoso, la logia P2 en Italia en los años 70 y 80, con ministros, generales y banqueros usándose mutuamente, fue expulsada por la propia masonería italiana y disuelta por ley del Parlamento.

¿Y SAN MARTÍN, ROOSEVELT, SARMIENTO?

Sí, fueron masones, y muchos más: Washington, Franklin, Bolívar, Garibaldi, Mozart, Mitre, Roca. Durante todo el siglo XIX la masonería fue la red de la élite liberal, y en la Argentina pesó en la independencia, la Constitución, la escuela pública y el matrimonio civil.

En 1800 casi todo hombre educado de las ciudades era masón, así que descubrir que un prócer lo fue informa tan poco como descubrir que fue bautizado.

¿A DÓNDE SE FUE TODA ESA GENTE?

Si a principios del siglo XX una porción enorme de la clase media era mason, y hoy son 12.000 en la Argentina, la pregunta es ¿qué pasó?. Pasó que todo lo que daba la logia en un solo paquete hoy lo dan instituciones distintas.

Lo político fue a los partidos, que nacen justo cuando la masonería empieza a bajar (la UCR en 1891, el socialismo en 1896, los dos con fundadores masones). Cuando podés hacer política en público, la sociedad discreta pierde sentido.

La vida social fue a Rotary, Lions y los clubes, y después se desinfló para todos: desde los años 60 cayó entre un 30 y un 50 por ciento toda la vida asociativa de clase media en Occidente, no solo la masonería.

Los contactos y el prestigio pasaron a la universidad, los posgrados, las asociaciones de egresados y LinkedIn. Un MBA hace hoy lo que hacía el grado 18 en 1890.

La búsqueda de sentido sin religión se volvió individual: psicoanálisis, meditación, autoayuda.

Y el secreto dejó de ser un valor. En una sociedad donde todo se puede decir, una organización discreta resulta sospechosa en lugar de atractiva.

Lo que queda son los que quieren el paquete completo, con ceremonia y escalera incluidas, y no lo encuentran en ningún otro lado. Son pocos, pero lo que buscan no lo da Rotary ni LinkedIn. Una institución que sobrevivió a su primer propósito (el gremio) y al segundo (construir el Estado laico), y quedó con el ritual. Es un nicho.

FUENTES:

MASONERÍA ARGENTINA

SUPREMO CONSEJO ARGENTINO Y RELACIONES INTERNACIONALES

GRANDES CONSTITUCIONES Y ESTRUCTURA INTERNACIONAL DEL RITO

INGLATERRA: ORIGEN, WHIGS Y HANOVER

HOLANDA Y LA CASA DE ORANGE

FILANTROPÍA MASÓNICA INGLESA

OTRAS FUENTES

NOTA. La información institucional proviene de publicaciones de la Gran Logia de la Argentina, de un proyecto de declaración de la Cámara de Diputados de 2023, de entrevistas al Gran Maestre en Infobae y Perfil, de boletines del Supremo Consejo del Brasil sobre su visita a Buenos Aires en 2023, de las constituciones publicadas por los Supremos Consejos de Italia y Australia, de informes del Supremo Consejo de Escocia sobre las Grandes Constituciones, de artículos académicos sobre la masonería argentina, española y holandesa, de los sitios históricos sobre las Constituciones de 1723 y la Gran Logia Unida de Inglaterra, de la Gran Logia de los Países Bajos, y de los informes de la fundación masónica inglesa. No pudieron verificarse el reglamento interno vigente del Supremo Consejo argentino, el nombre actual de su presidente ni los balances de la Gran Logia. Los tiempos de ascenso son estimaciones basadas en la práctica de la región.

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