En 1921, el economista heterodoxo Thorstein Veblen publicó The Engineers and the Price System y propuso algo que en su momento sonó a ciencia ficción: que un "soviet de ingenieros" reemplazara a los empresarios y a los políticos en la conducción de la economía. Los financistas, argumentaba Veblen, arruinaban la producción con la especulación. Los políticos la ahogaban con la demagogia. Solo los técnicos — los que sabían cómo funcionaban las cosas — podían administrar la abundancia que la industria moderna hacía posible.
Cien años después, Peter Thiel, cofundador de PayPal y primer inversor externo de Facebook, escribió una frase que no habría desentonado en el manifiesto de Veblen: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles."
Entre una declaración y la otra corre un siglo entero, pero la idea de fondo es la misma: que la política — el debate, el voto, la negociación entre intereses — es un estorbo. Que las decisiones no deberían votarse sino calcularse. Que hay una élite técnica — ayer los ingenieros, hoy los programadores, los fundadores de startups y los dueños de plataformas — que sabe mejor que el resto qué le conviene a la humanidad.
Esta historia tiene ramificaciones insospechadas. Nace en la Gran Depresión norteamericana, se bifurca en la Guerra Fría entre una cibernética soviética centralizada y una cibernética socialista libertaria, muta en Silicon Valley de utopía contracultural a oligarquía tecnológica, y aterriza — con motosierra y todo — en la Argentina de Javier Milei.
Es la historia de los que quieren gobernar sin política. Y de por qué, invariablemente, terminan haciendo una política más peligrosa que no se presenta como tal.
Los ingenieros con uniforme gris
La Gran Depresión de 1929 destruyó la confianza en el capitalismo financiero norteamericano con una eficiencia que ningún teórico marxista había logrado.
En ese clima de catástrofe apareció Howard Scott, un ingeniero autodidacta con ideas grandiosas y un talento extraordinario para la propaganda.
Scott fundó Technocracy Inc. a principios de los años treinta con una propuesta radical: abolir la política, abolir el dinero, abolir las elecciones. En su lugar, un cuerpo de ingenieros y científicos — el Tecnato — administraría la producción y la distribución mediante cálculos termodinámicos.
Las decisiones económicas no se votarían: se resolverían con ecuaciones.
El flujo de calorías, de energía, de toneladas de acero, no necesitaba asambleas; necesitaba fórmulas.
La estética del movimiento era reveladora. Los miembros usaban uniformes grises militares, autoasignados por número de secuencia. Se saludaban con un saludo corporativo propio. Proponían reemplazar el dólar por certificados de energía: créditos de consumo no acumulables ni transferibles que expiraban periódicamente, medidos en unidades energéticas.
Nadie podía ahorrrar, nadie podía especular, nadie podía acumular. Una igualdad distributiva perfecta — impuesta desde arriba por una jerarquía funcional vertical que no respondía ante nadie.
Scott rechazaba por igual la democracia liberal burguesa y el socialismo soviético. Ambos dependían de la política, de los partidos, de lo que él llamaba "cháchara ineficiente". El único socialismo que admitía era un socialismo de las cosas: distribución igualitaria de bienes, pero sin participación, sin debate, sin el desorden que implica que la gente opine.
La izquierda norteamericana y los partidos comunistas de los años treinta odiaban a Scott.
Lo acusaban de promover un "fascismo de ingenieros": un capitalismo de Estado ultra-eficiente disfrazado de igualdad, que despojaba a la clase trabajadora de todo poder de decisión y cancelaba la política humana en favor de una dictadura de los técnicos.
Y tenían razón. El Tecnato no era socialismo ni capitalismo: era la sustitución de la élite de los dueños del capital por una élite de los dueños del conocimiento técnico.
Y como veremos, esa sustitución nunca es neutral.
La cibernética aplicada a la política se puede dividir en dos
Después de la Segunda Guerra Mundial, una nueva disciplina prometió resolver el viejo sueño de la gobernanza técnica: la cibernética.
Nacida de los trabajos de Norbert Wiener sobre control, retroalimentación y flujo de información, la cibernética se presentaba como la ciencia capaz de gobernar cualquier sistema complejo — una fábrica, una economía, una sociedad entera — mediante el procesamiento de datos en tiempo real.
Pero la cibernética nació con dos almas.
Y cada una se convirtió en un proyecto político radicalmente distinto.
El OGAS: la supercomputadora del Kremlin
Víktor Mijáilovich Glushkov fue un matemático soviético que en 1962 propuso algo colosal: reemplazar toda la burocracia de la planificación central soviética por una red nacional de computadoras, el OGAS (Sistema Automatizado Nacional de Gestión de la Economía). Tres niveles: un centro en Moscú, doscientos nodos regionales, veinte mil terminales locales. Toda la información económica del país fluyendo en tiempo real hacia un cerebro central que optimizaría la producción, la distribución y hasta los pagos, avanzando hacia una economía sin dinero.
Glushkov era un tecnócrata en el sentido más puro: creía que las computadoras podían reemplazar no solo la burocracia, sino la política misma.
Autor de más de ochocientas publicaciones, su visión era que la planificación científica desde el Estado debía sustituir toda mediación humana subjetiva.
Pero el OGAS nunca se construyó.
El 1 de octubre de 1970, su solicitud de financiamiento — unos cien mil millones de rublos — fue rechazada.
El ministro de Finanzas, Vasili Garbuzov, vio la red como una amenaza a su propio poder. La burocracia soviética, esa misma burocracia que Glushkov quería reemplazar, lo mató. El aparato tenía sus propios intereses, y el principal era sobrevivir.
La paradoja era perfecta: la máquina diseñada para eliminar la política fue destruida por la política.
Cybersyn: la cibernética de los trabajadores
Al otro lado del mundo, otro cibernético proponía lo contrario. Stafford Beer, británico, filósofo, poeta, pintor y practicante de tantra, era en todo lo opuesto al perfil frío del ingeniero-tecnócrata.
Donde Glushkov quería centralizar, Beer quería descentralizar.
Donde el soviético veía una supercomputadora, el británico veía una red de autonomías.
Su gran obra teórica, el Modelo del Sistema Viable (1979), proponía que cualquier organización — una empresa, un gobierno, una sociedad — necesitaba cinco sistemas funcionales para sobrevivir.
Pero la clave no era el control desde arriba: era la autonomía de las partes, coordinadas por retroalimentación en tiempo real. No un cerebro central, sino un sistema nervioso distribuido.
En julio de 1971, Fernando Flores, director de CORFO bajo el gobierno de Salvador Allende, contactó a Beer. El resultado fue el Proyecto Cybersyn: una red de télex que conectaba las fábricas nacionalizadas de Chile con una sala de operaciones futurista en Santiago.
La idea no era que el gobierno controlara las fábricas, sino que los trabajadores de cada fábrica recibieran información en tiempo real para autogestionarse, mientras el sistema agregaba datos para detectar cuellos de botella y emergencias.
En octubre de 1972, durante la huelga patronal de camioneros que buscó estrangular la economía chilena, Cybersyn demostró su potencial: permitió coordinar unos doscientos camiones leales al gobierno para mantener la distribución de bienes esenciales.
La información, como herramienta de los trabajadores, no del Estado.
El 11 de septiembre de 1973, el golpe militar orquestado desde USA, destruyó la sala de operaciones.
Los Chicago Boys — la otra tecnocracia, la del mercado — reemplazaron la cibernética de Beer por la economía neoliberal de Milton Friedman.
Beer nunca se consideró un tecnócrata. En Diseñando la libertad (1974), argumentó que la cibernética no debía someter a las personas al control del Estado ni de las corporaciones, sino "reestructurar las instituciones para amplificar la libertad individual".
Su último libro, Más allá de la disputa (1994), proponía métodos de decisión colectiva inspirados en la geometría de Buckminster Fuller: sin jerarquías, sin relaciones de poder, sin jefes.
Dos cibernéticas, dos políticas. Glushkov soñaba con reemplazar a los burócratas por una máquina. Beer soñaba con reemplazar a los jefes por una red. Los dos fracasaron — pero por razones muy distintas. Al soviético lo derrumbó la burocracia. Al británico, un golpe de Estado.
De la contracultura al trono
El 8 de febrero de 1996, en Davos, durante el Foro Económico Mundial, un letrista del Grateful Dead subió al estrado y declaró la independencia del ciberespacio.
John Perry Barlow, poeta, ranchero, activista y cofundador de la Electronic Frontier Foundation, redactó una de las proclamas más citadas de la era digital: "Gobiernos del mundo industrial, ustedes, cansados gigantes de carne y acero, yo vengo del ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, les pido a ustedes, del pasado, que nos dejen en paz."
La Declaración de independencia del ciberespacio era puro espíritu de los noventa: internet como una frontera sin Estado, sin ley, sin impuestos, sin fronteras. Un lugar donde la información fluiría libre, donde las jerarquías del mundo físico se disolverían en la horizontalidad de la red.
Era la utopía libertaria anarquista aplicada a la tecnología: antiestatal, antiautoritaria, anticorporativa.
Treinta años después, internet está dominada por cinco corporaciones cuya capitalización combinada supera el PBI de la mayoría de los países del mundo.
La frontera sin Estado se convirtió en un feudo privado.
Y los herederos espirituales de Barlow no quieren liberarse del poder: quieren ser el poder.
¿Cómo se llegó de la contracultura al trono?
La mutación fue gradual. En los años noventa, la cultura tech de Silicon Valley mantenía un equilibrio incómodo entre el idealismo hippie de la Bahía de San Francisco y la voracidad del capital de riesgo. (similar a o que ocurre con las criptomonedas hoy).
La burbuja de las punto-com (1995-2001) fue el primer filtro: separó a los soñadores de los sobrevivientes.
Y los sobrevivientes — los que se quedaron después del crash — resultaron ser, casi todos, gente cuyo instinto primario era el poder, no la emancipación.
Google nació con el lema "Don't be evil"; hoy es Alphabet, un conglomerado que factura más que el presupuesto de naciones enteras.
Facebook prometió conectar a la humanidad; hoy es Meta, una máquina de extracción de datos y atención que ha sido señalada como catalizadora de genocidios en Myanmar.
La utopía se transformó en su reverso exacto.
Pero lo más importante no fue la concentración de poder económico.
Fue la concentración de poder ideológico.
La élite tech no solo acumuló dinero: desarrolló una filosofía política propia, una visión del mundo coherente, articulada y profundamente antidemocrática.
Los filósofos del CEO-rey
La nueva filosofía de Silicon Valley tiene nombres propios, textos fundantes y una genealogía intelectual que conviene conocer, porque sus ideas ya no son teorías académicas: son programas de gobierno.
Peter Thiel es el patriarca. Cofundador de PayPal, cofundador de Palantir (la empresa de vigilancia masiva que trabaja con la CIA y el Pentágono), primer inversor externo de Facebook. En 2009 publicó un ensayo en Cato Unbound donde dijo lo que muchos en Silicon Valley pensaban pero nadie decía en voz alta: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles."
Su solución: crear "escapes" del control estatal — criptomonedas, colonias marítimas (seasteading), exploración espacial. No reformar el Estado: huir de él, y construir por fuera, pero con sus reglas.
Curtis Yarvin, que escribe bajo el seudónimo Mencius Moldbug, es el teórico de cabecera del movimiento este, llamado "neorreaccionario".
Su tesis: la democracia es un sistema decadente, corrupto e ineficiente que Yarvin llama "La Catedral" — una máquina de fabricar consenso que impide el verdadero progreso.
Su propuesta es el neocameralismo: que los países se gestionen como startups, bajo el mando absoluto de un CEO-monarca elegido por los accionistas. Yarvin es lectura obligada para figuras como Thiel y JD Vance.
Nick Land, filósofo británico, llevó el argumento a su extremo lógico.
En The Dark Enlightenment (2012), sintetizó la filosofía antidemocrática de la derecha tecnológica: el capitalismo y la inteligencia artificial son procesos cibernéticos autónomos que deben acelerarse sin importar las consecuencias éticas o sociales.
Las democracias parlamentarias son un lastre que hay que desmantelar para dar paso a la integración total entre máquina, capital y mercado. No es una metáfora: Land sostiene que la inteligencia artificial debe reemplazar la deliberación humana.
Marc Andreessen, creador de Netscape (el primer navegador web masivo) y cofundador del fondo de capital de riesgo Andreessen Horowitz, publicó en 2023 su Techno-Optimist Manifesto: un himno al crecimiento sin límites, al mercado libre como única fuerza de progreso, y un ataque frontal contra cualquier regulación estatal de la inteligencia artificial, la biotecnología o la energía. Para Andreessen, regular la tecnología no es solo ineficiente: es inmoral.
Balaji Srinivasan, ex-CTO de Coinbase y exsocio de Andreessen Horowitz, dio el paso que faltaba. En The Network State (2022), propuso directamente la sustitución de los Estados-nación por comunidades digitales organizadas alrededor de la criptografía y los contratos inteligentes. Primero la comunidad digital, después la compra de territorio físico, finalmente la fundación de estados soberanos privatizados. Una secesión en cámara lenta financiada por capital de riesgo.
El patrón es consistente: cada uno de estos pensadores parte de la misma premisa — la democracia es un obstáculo — y llega a la misma conclusión — el poder debe concentrarse en quienes tienen el conocimiento técnico (o el capital, que en su visión es lo mismo).
El nieto del tecnócrata
Hay un detalle biográfico que parece inventado pero no lo es: el abuelo materno de Elon Musk, Joshua Norman Haldeman, fue uno de los miembros más activos de Technocracy Inc. en Canadá durante la década de 1930.
Haldeman — quiropráctico, piloto y político — militó en el movimiento tecnocrático entre 1936 y 1941. No era un afiliado cualquiera: el 8 de octubre de 1940, la policía montada canadiense (RCMP) lo arrestó por distribuir panfletos del movimiento, que para entonces había sido declarado ilegal bajo las Regulaciones de Defensa de Canadá en tiempo de guerra. Fue multado con doscientos dólares y renunció al movimiento recién en 1941. Después militó en el Partido del Crédito Social, y en 1950 emigró a Sudáfrica.
Tres generaciones después, su nieto, la persona más rica del mundo, dirige Tesla, SpaceX y la plataforma X (ex-Twitter), y encabezó el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) del gobierno de Donald Trump: una oficina dedicada a recortar la burocracia federal norteamericana con métodos que el propio Howard Scott habría reconocido:
Eliminar ministerios, despedir funcionarios en masa, reemplazar procesos administrativos por algoritmos.
Musk no se presenta como tecnócrata, desde luego. Se presenta como un emprendedor visionario que quiere salvar a la especie.
Pero su aproximación a todos los problemas — infraestructura, libertad de expresión, regulación espacial, inteligencia artificial — es puramente cuantitativa e ingenieril.
La burocracia estatal es un bug a corregir. La regulación es un freno. La complejidad política de una sociedad de trescientos millones de personas se reduce a un problema material, no espiritual, y de optimización.
David Sacks, otro exintegrante de la "Mafia de PayPal", completa el circuito como puente entre Silicon Valley y la política conservadora norteamericana.
Sacks actúa como intermediario financiero y mediático: canaliza el dinero tech hacia el Partido Republicano y promueve la desregulación de la inteligencia artificial y las criptomonedas desde posiciones de influencia directa.
Lo que estos hombres construyen no es una tecnocracia de laboratorio como la de Glushkov. Es una tecnocracia de mercado: la convicción de que ni la política representativa ni la burocracia deben entrometerse en la eficiencia de los algoritmos, la libre circulación de capitales y las leyes cuantitativas del libre mercado.
Argentina en el espejo
Argentina no es ajena a esta historia. La ha vivido en todas sus variantes.
Los ingenieros del petróleo
La primera tecnocracia argentina fue el desarrollismo de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio en los años cincuenta y sesenta. Su premisa era explícita: los problemas de Argentina no eran ideológicos sino estructurales. Faltaban acero, petróleo, electricidad, rutas. La política debía subordinarse a la planificación técnica.
En agosto de 1961, Frondizi creó por decreto el CONADE (Consejo Nacional de Desarrollo): un cuerpo de estadísticos, ingenieros y economistas que diseñaría planes económicos y sociales centralizados, imitando los modelos de planificación europeos y los lineamientos de la CEPAL. Era la versión argentina del sueño tecnocrático: reemplazar la "cháchara política" por planes quinquenales trazados por expertos.
El desarrollismo tuvo una virtud que las tecnocracias posteriores olvidaron: era una tecnocracia productiva. Su objetivo era construir: fábricas, caminos, refinerías. Equivocada o no en sus métodos, intentaba ampliar la base material del país. No destruir el Estado, sino usarlo.
El gobierno de los CEOs
Cincuenta años después, la presidencia de Mauricio Macri (2015-2019) importó una tecnocracia distinta: la gerencial. La premisa era que la gestión pública debía funcionar como una empresa. Y para eso, había que poner empresarios al mando.
La lista de nombramientos fue elocuente: Juan José Aranguren, ex-CEO de Shell Argentina, como ministro de Energía. Luis Caputo, ex-CEO de Deutsche Bank Argentina, como secretario de Finanzas. Alfonso Prat Gay, ex-JP Morgan, como ministro de Economía. Isela Costantini, ex-CEO de General Motors Argentina, como presidenta de Aerolíneas Argentinas. Gustavo Lopetegui, ex-CEO de LAN Chile, como secretario de Coordinación de Políticas Públicas. Guillermo Dietrich, dueño de Dietrich Automotores, como ministro de Transporte. Miguel Ángel Gutiérrez, veintiún años en JP Morgan, como presidente de YPF.
"El Ingeniero Macri" no era ingeniero de planificación estatal como los del CONADE. Era un gerente.
La motosierra y la ecuación
Javier Milei llevó esta lógica a su consecuencia final. Su proyecto contiene una contradicción tecnocrática muy particular: un discurso ferozmente antipolítico — contra la "casta", contra el Estado planificador, contra la burocracia — sostenido por una aplicación rigurísima de modelos teóricos de la Escuela Austríaca de economía tratados como si fueran leyes físicas.
Las ecuaciones de Mises, Hayek y Rothbard no se discuten: se aplican. El déficit cero no es una opción entre otras: es una ley natural. El mercado no es un mecanismo que puede funcionar mejor o peor: es un sistema perfecto que solo falla cuando lo intervienen.
El encuentro entre Milei y Silicon Valley no fue casual.
El 20 de febrero de 2025, Milei se reunió con Elon Musk durante cuarenta y cinco minutos y le regaló una motosierra grabada con "Viva la Libertad, carajo!". Musk la exhibió en la CPAC llamándola "la motosierra para la burocracia". En mayo de 2024, Peter Thiel visitó la Casa Rosada; volvió en abril de 2026 para una segunda reunión y luego se compró una mansión en el Barrio de Recoleta, CABA, para operar e instalarse.
No es una coincidencia de agenda: es una convergencia ideológica profunda.
El libertarismo de Milei y la derecha tecno-capitalista de Silicon Valley comparten la misma convicción: que ni la política representativa ni la burocracia gubernamental deben entrometerse en la eficiencia de los algoritmos, la libre circulación de capitales y las leyes cuantitativas del libre mercado.
La diferencia entre Frondizi, Macri y Milei es reveladora.
-El desarrollista quería usar el Estado para construir.
-El gerente quería administrar el Estado como una empresa.
-El "libertario" quiere demoler el Estado porque lo considera un error de diseño.
La libertad obligatoria
Cuando uno pone en línea la historia completa — de Veblen a Scott, de Glushkov a Beer, de Barlow a Thiel, de Frondizi a Milei — aparece un patrón que debería inquietarnos.
Todas estas figuras, de izquierda y de derecha, parten de un diagnóstico real: la política funciona mal. Las burocracias son lentas, los parlamentos ineficientes, los políticos corruptos o mediocres.
Y frente a eso, todas proponen la misma solución: reemplazar la política por el cálculo.
Que las decisiones no se voten sino que se computen. Que los ingenieros, los programadores, los economistas o los algoritmos decidan en lugar de la asamblea.
Pero hay una trampa en esa lógica que merece atención y que Beer anticipó.
Cuando la política se elimina, las decisiones no dejan de ser políticas: solo dejan de ser visibles.
Alguien decide qué se produce u optimiza y qué no.
Alguien decide qué variables entran en el modelo y cuáles se descartan.
Alguien decide si el sistema máximo al que se apunta es la eficiencia, la libertad, la igualdad o la ganancia.
Esas son decisiones políticas.
Y cuando se disfrazan de cálculos técnicos, se vuelven invisibles — y por lo tanto, indiscutibles.
La "libertad" que proclama el tecno-optimismo de Silicon Valley es curiosamente rígida y no libre.
Te dice que el crecimiento económico, la automatización, la inteligencia artificial desregulada y la lógica del mercado son "leyes físicas inevitables" a las que la sociedad debe adaptarse, guste o no.
Y cuando la política y la sociedad pierden la capacidad de decidir colectivamente qué tipo de vida o de futuro quieren construir — y te reprimen diciendo que "eso frena la eficiencia" — la tecnología deja de ser una herramienta de emancipación y camino hacia el progreso para convertirse en autoritarismo.
Y ahí está la ironía final. La tecnocracia, que promete liberarnos de la política, termina confundiendo la libertad individual de las personas con la libertad del capital y de las corporaciones.
Para un libertario de esta línea, el único ente capaz de coartar la libertad es el Estado.
Sin embargo, al abolir o vaciar de poder al Estado en favor del mercado y la tecnología privada, la libertad no se distribuye: se concentra en los dueños de las plataformas y del capital.
Stafford Beer, que dedicó su vida a pensar estas cosas, lo entendió antes que nadie. La cibernética podía servir para amplificar la libertad o para aniquilarla. La diferencia no estaba en la tecnología. Estaba en la política. En quién la diseñaba, para quién funcionaba y quién podía cambiarla.
La pregunta que queda es la más vieja de la filosofía política: ¿quién controla al controlador?