En 1803, Napoleón vendió a Estados Unidos Luisiana, el territorio de donde nación el Jazz.
Pero el que puso la plata no fue Estados Unidos: fue un banco de Londres, mientras Inglaterra estaba en plena guerra contra Francia.
Detrás de esa jugada rara hay un pacto olvidado que refleja por qué Inglaterra dominó el mundo durante todo un siglo.
La historia comenzó en abril de 1803, cuando un banquero inglés llamado Alexander Baring viajó a París a cerrar el negocio más grande de su vida.
Napoleón necesitaba dinero porque estaba a punto de reanudar la guerra contra Inglaterra y tenía las arcas vacías. Pero, le sobraba, en cambio, un territorio inmenso al otro lado del Atlántico: Luisiana. Un pedazo de Norteamérica más grande que Francia. Napoleón se lo ofreció a Estados Unidos, que era un país joven, pobre y encantado con la oportunidad de duplicar su tamaño.
Había un problema. Estados Unidos no tenía la plata.
Ahí entra Baring. Su banco, Baring Brothers, era una de las casas financieras de Londres más importantes del mundo, sino la más importante.
Le propuso al gobierno estadounidense un arreglo simple: yo le pago a Napoleón, ustedes me firman bonos y me los pagan a plazos. Estados Unidos aceptó. Baring viajó a París, se sentó con los representantes de Napoleón y firmó. Cincuenta y dos millones de francos por Luisiana. Seis al contado, el resto en cuotas mensuales.
Inglaterra y Francia estaban en guerra desde 1793. Habían firmado una tregua breve en 1802, y Baring aprovechó esa ventana para negociar. Pero cuando la tinta se secó, en mayo de 1803, la guerra ya se había reanudado.
Un banquero inglés le acababa de entregar millones a Napoleón para que financiara su próxima campaña militar contra Inglaterra.
En junio, Baring fue a ver al primer ministro británico, Henry Addington, para preguntarle qué hacer. Addington le dijo que siguiera adelante. La lógica era fría: preferible tener a los americanos —débiles, comerciales, angloparlantes— en la frontera con Canadá que a los franceses. Recién en diciembre Londres cambió de opinión y ordenó cortar los pagos. Para entonces, Baring ya había transferido casi todo. El bloqueo llegó tarde.
La pregunta que surge sola es: ¿cómo puede un banco privado tomar una decisión así, cerrarle un negocio al enemigo de su propio país, y salir impune? ¿Cómo llegó Londres a estar en condiciones de mover semejantes sumas y jugar a esa escala?
La respuesta no está en 1803. Está en 1688.
Retrocedamos un siglo largo. En noviembre de 1688, un noble holandés llamado Guillermo de Orange desembarcó en Inglaterra con un ejército. Vino a echar del trono al rey Jacobo II —católico, autoritario, cada vez más impopular entre la élite inglesa— y a ocupar su lugar. Los libros de historia llamaron a esto la Revolución Gloriosa, pero fue en realidad algo más parecido a un golpe de Estado negociado. Guillermo no vino solo por convicción religiosa. Vino porque un grupo de nobles y comerciantes ingleses le pidió que viniera, y porque banqueros de Ámsterdam le prestaron la plata para armar el ejército. Uno de esos banqueros, un judío sefardí llamado Francisco Lopes Suasso, le dio dos millones de florines sin pedirle garantía escrita.
Guillermo tomó el trono. Y a cambio de tomarlo, firmó una serie de leyes que cambiaron para siempre cómo funcionaba Inglaterra.
Hasta ese momento, en toda Europa, el rey podía hacer básicamente lo que quisiera. Cobrar impuestos por decreto. Mantener un ejército propio. Meter presos a los jueces que le molestaban. Y, sobre todo, negarse a pagar sus deudas cuando le viniera en gana. Esto último es importante: los reyes europeos rutinariamente le decían a sus acreedores "no te pago", y los acreedores no tenían a quién quejarse.
Después de 1688, en Inglaterra, todo eso quedó prohibido por escrito.
El rey ya no podía cobrar impuestos sin permiso del Parlamento. No podía tener ejército sin permiso del Parlamento. Los jueces pasaron a ser inamovibles, o sea que ya no dependían de su humor. Y lo más importante de todo: la deuda dejó de ser una cosa personal del rey y pasó a ser deuda del Estado inglés, respaldada por el Parlamento.
¿Por qué importa esa distinción? Porque el Parlamento estaba lleno de los mismos acreedores que le prestaban al Estado. Y ellos jamás iban a votar a favor de repudiar su propia plata. Por primera vez en la historia moderna, un país podía pedir prestado y prometer devolver, y los prestamistas le creían.
Dos economistas, Douglass North y Barry Weingast, publicaron en 1989 un ensayo famoso identificando este momento como el verdadero secreto del ascenso británico. Los inversores empezaron a prestarle al gobierno inglés al 3% de interés, mientras al francés le exigían el doble o el triple, porque sabían que el francés podía dejar de pagar en cualquier momento. Y de hecho lo hizo: los reyes de Francia repudiaron deudas total o parcialmente en 1715, en 1770 y por último con la Revolución Francesa. Cada vez que lo hacían, el próximo préstamo salía más caro. Luis XVI llegó a 1789 sin plata para pagar el pan, mientras Jorge III de Inglaterra financiaba una guerra tras otra colocando bonos sin fricción en Londres.
Sobre ese piso legal, Londres construyó todo lo demás.
En 1694 fundó el Banco de Inglaterra, el primer banco central capaz de emitir bonos públicos confiables. Ningún otro país tuvo algo parecido hasta muchísimo más tarde. Cuando en 1685 el rey francés Luis XIV echó a los protestantes de su país, decenas de miles de ellos —muchos con capital y experiencia financiera— se mudaron a Ámsterdam y a Londres. Los Baring venían de una familia alemana protestante. Los Rothschild vendrían más tarde de Frankfurt. Los Hope, la casa holandesa que acompañó a Baring en la operación de Luisiana, se mudó de Ámsterdam a Londres en 1794 huyendo de la ocupación francesa. Londres se fue quedando con lo mejor de cada plaza europea.
Y en unas pocas cuadras de la City de Londres uno podía colocar bonos del gobierno de Estados Unidos, comprar seguros para un barco que iba a la India, apostar a un canal en Yorkshire. La libra esterlina se cambiaba por oro cuando el dinero francés eran papeles sin respaldo. Y Londres, capital de un imperio con marina en todos los mares, se enteraba primero que nadie de lo que pasaba en cualquier lugar del mundo.
Con esa infraestructura, Londres podía hacer cosas que ninguna otra plaza del mundo se podía permitir. Como financiarle una guerra al enemigo mientras le financiaba una guerra al propio rey.
Esa fue, exactamente, la estrategia británica durante los años de guerra contra Napoleón. Una guerra que duró, con interrupciones, de 1803 a 1815, y que costó una fortuna. Inglaterra no podía ganarla sola en tierra —su ejército era chico comparado con el francés— así que hizo un cálculo frío en tres partes.
Primero: dominar el mar. La marina inglesa aplastó a la francesa en Trafalgar en 1805 y con eso bloqueó los puertos franceses y protegió su propio comercio.
Segundo: pagarle a otros para que peleen. Londres transfirió unos sesenta y cinco millones de libras —una suma astronómica para la época— a los ejércitos de Austria, Prusia, Rusia y España, para que pusieran los soldados que Inglaterra no tenía.
Tercero: dejar pasar algunas fugas de capital hacia el enemigo, cuando el negocio total convenía. La compra de Luisiana entra acá. Sí, unos millones de francos fueron a parar a las manos de Napoleón. A cambio, Francia perdió para siempre su base en Norteamérica y Estados Unidos quedó atado como aliado natural de Inglaterra. Costo aceptable.
Los comerciantes ingleses, mientras tanto, seguían vendiéndole tela, armas y suministros al continente por contrabando —vía Helgoland, Malta, Gibraltar— rompiendo el bloqueo económico que Napoleón había ordenado contra Inglaterra. El gobierno inglés lo sabía y lo dejaba pasar, porque ese comercio drenaba oro del continente hacia Londres. Napoleón intentó lo contrario, cerrar Europa al comercio inglés, y el tiro le salió por la culata: arruinó a sus propios aliados antes que a Inglaterra, y ese fracaso terminó llevándolo a invadir Rusia en 1812. De ese invierno no volvió.
Es el nacimiento de una manera muy moderna de pensar la guerra: no como una serie de batallas heroicas, sino como una gestión fría de plata, comercio y flujos.
Y en el centro de ese sistema estaban los banqueros. Baring Brothers no era una excepción ni una traición al Imperio. Era la pieza que mejor lo encarnaba. La familia Baring había cultivado sus vínculos con Estados Unidos durante años —Alexander se había casado con la hija del hombre más rico de Filadelfia, senador de aquel país— y ya era el banquero de facto del gobierno estadounidense en Londres desde los años noventa. En la operación de Luisiana operó con la venia tácita del gobierno inglés. No era un traidor: era un instrumento.
Karl Marx, décadas después, describiría todo este arreglo con más ironía. Llamaba a lo que pasó en 1688 "el compromiso de clase". Los Whigs (comerciantes, banqueros, protestantes) y los Tories (nobleza terrateniente, iglesia anglicana) dejaron de matarse y acordaron repartirse el poder, a condición de que el nuevo régimen protegiera la propiedad privada de ambos bandos. La monarquía quedó como fachada ceremonial, útil para las coronaciones y los desfiles. El país lo gobernaba de verdad una coalición de terratenientes, armadores, comerciantes coloniales y banqueros de la City.
Por eso el filósofo conservador Edmund Burke, un siglo después, defendía "las libertades inglesas" con tanta pasión y rechazaba con horror la Revolución Francesa. Para él, Inglaterra ya había hecho su revolución en 1688 y le había salido perfecta. No hacía falta ninguna más. Desde el punto de vista de los propietarios ingleses, tenía razón.
Todo lo que vino después del siglo XIX —el patrón oro, el libre comercio mundial, la paz británica de cien años, la City financiando desde Buenos Aires hasta Cantón— descansa sobre ese pacto de fines del siglo XVII.
Sin la Revolución Gloriosa de 1688 no hay Banco de Inglaterra en 1694. Sin Banco de Inglaterra no hay bonos al 3%. Sin bonos al 3% no hay dinero para ganar las guerras napoleónicas. Y sin ganar esas guerras, no hay siglo XIX inglés. La cadena es larga, pero es una sola.
Cuando el duque de Richelieu asumió como primer ministro francés después de la caída de Napoleón, dijo una frase que en su momento sonaba a broma y con el tiempo empezó a sonar a diagnóstico. Que en Europa había seis grandes potencias: Inglaterra, Francia, Rusia, Austria, Prusia y Baring Brothers.
FUENTES (libros)
Niall Ferguson, El triunfo del dinero. Cómo las finanzas mueven el mundo\ Douglass North y Barry Weingast, "Constitutions and Commitment: The Evolution of Institutions Governing Public Choice in Seventeenth-Century England" (Journal of Economic History, 1989)\ Steve Pincus, 1688. La primera revolución moderna\ Alistair Horne, La era de Napoleón