Si Jesús hubiera conocido a Martín Lutero, es probable que lo hubiera despreciado o llamado perrito.
Es que hay una escena en el evangelio de Marcos (el más antiguo de los cuatro, el más corto, el más crudo) que la mayoría de los cristianos preferiría no leer en voz alta.
Una mujer sirofenicia —extranjera, gentil, no judía— se acerca a Jesús y le suplica que exorcice a su hija.
Él le responde sin rodeos: «Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos».
La mujer no discute. Acepta el insulto y devuelve la jugada: «aun los perritos debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos».
Solo entonces, tras rebajarse a la categoría inferior que él mismo le adjudicó, Jesús cede y cura a la niña.
No es una escena de igualdad. Es una escena de jerarquía. Los judíos son los hijos; los demás, los perros bajo la mesa.
Un paréntesis necesario.
Existen cuatro versiones canónicas de la vida de Jesús: los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Marcos fue el primero en escribirse, hacia el año 70 d.C., cuatro décadas después de la crucifixión.
Mateo y Lucas lo usaron como fuente y suavizaron sus asperezas. Y sin embargo, en el canon cristiano, Marcos aparece segundo, detrás de Mateo.
El orden no es cronológico: es teológico. Durante siglos se creyó que Mateo fue el primero (así lo defendía Agustín) y la crítica moderna tardó hasta el siglo XIX en corregirlo.
Que sea Marcos, el más crudo respecto de la escena del insulto, no es casualidad.
El líder de la Reforma Protestante.
Quince siglos más tarde, un monje agustino alemán tradujo esa misma Biblia al alemán vulgar. En 1523, Martín Lutero publicó Que Jesucristo nació siendo judío, un tratado que defendía el origen hebreo del mesías y confiaba en que el pueblo judío, liberado de las corrupciones romanas por la Reforma, abrazaría en masa el evangelio protestante. No lo hicieron. Prefirieron su propia fe.
La desilusión no fue solo teológica: fue personal. En 1543, el mismo Lutero publicó Sobre los judíos y sus mentiras, un panfleto virulento donde exigía quemar sinagogas, arrasar casas y prohibir enseñanzas.
Aquí aparece la paradoja.
Si Jesús efectivamente veía a los gentiles como perros, entonces Lutero —alemán, no judío— tampoco habría tenido sitio en la mesa.
Ni él, ni ninguno de los cristianos no judíos que a lo largo de dos mil años han sostenido la enorme mayoría del cristianismo mundial. Todos serían perros esperando migajas.
Lutero tradujo la Biblia varias veces a lo largo de su vida y aun así no supo leerla de ese modo. O quiso no leerla. El cristianismo universal, gentil, abierto a todos los pueblos, no fue un plan del Jesús histórico sino una construcción posterior, discutida a golpes por Pablo y resuelta a medias en el Concilio de Jerusalén, hacia el año 49 o 50. Sin esa construcción, Lutero no habría sido cristiano. Habría sido pagano.
Y hay más. En la escatología que Mateo y Lucas atribuyen a Jesús, el cielo no tiene una puerta custodiada por san Pedro.
Tiene doce tronos iguales para doce apóstoles judíos, sentados a juzgar a las doce tribus de Israel.
Ninguna promesa para Roma. Ninguna para los germanos, los galos, los eslavos. Ni siquiera un asiento distinto para Pedro. Doce tronos, doce jueces, doce tribus. Un tribunal judío puertas adentro. Y ese cielo, además, era inminente.
El Apocalípsis inminente.
En Marcos —insisto, el más antiguo— Jesús lo dice sin margen de interpretación: «no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca» (Marcos 13:30). No en el año 1000. No en el 2012. No cuando el evangelio hubiera terminado de recorrer el mundo. En vida de quienes lo escuchaban a Jesús.
El Jesús histórico predicó a judíos. Eligió doce apóstoles judíos, que juzgarían a las 12 tribus judías de la región de Judea de ese entonces, cada uno. Nunca pisó Roma, Atenas ni Alejandría. Su movimiento era una secta interna del judaísmo palestino que esperaba el fin del mundo antes de que se muriera el último de sus oyentes.
Ese fin no llegó. Y sobre esa ausencia —sobre un mesías judío que anunció un reino inminente y solo dejó preguntas— dos mil años de teología construyeron otra cosa. Una religión universal. Un cielo con Pedro en la puerta. Y una mesa a la que, según el propio evangelio más antiguo que tenemos, nunca fuimos invitados.
Fuimos, si acaso, los perros bajo ella.